El poder de la pelota


Terminó el CM 2017 con el triunfo de la mejor plantilla inscrita en la lid. Estados Unidos, asido a una plataforma infranqueable capitaneada en la final por los envíos del derecho Marcus Stroman. De sangre boricua aportada por su madre, el serpentinero mostró certero control en los seis tipos de lanzamientos que empleó para hipnotizar al rubio equipo de Puerto Rico, selección a la que casi todos le damos el premio de la unidad, la combatividad y el de la esperanza, por la manera en que puso a soñar a su borinquen y a todo el planeta pelota.

Concluyó la máxima expresión competitiva del béisbol a nivel de selecciones nacionales, ganada por el país que lo vio nacer y el que inventó esta lid, a la cual por su poderío y las propias características de la justa, le estaba debiendo un triunfo.

Puerto Rico jugó mejor torneo sí, pero al final el pez grande se come al chiquito o lo que es lo mismo, el colonizador le hace pagar a la colonia. Entre bolas y strikes, la relación de poder también funciona. Estados Unidos pudo inscribir cuatro nóminas diferentes a la que se tituló el miércoles y obtener el mismo resultado.

Si allí se desarrolla el certamen de más nivel y se conoce que, por ejemplo, en la última temporada de los 864 peloteros participantes en los 30 equipos de Grandes Ligas, 238 son extranjeros, la materia prima para cualquier certamen de los dueños del CM es letalmente inflamable. Sin embargo, este al que la mayoría de los especialistas y aficionados consideran como el mejor de los cuatro celebrados, mandó una señal. Es la primera vez que a la ronda de cuatro grandes llegan igual cantidad de áreas geográficas: uno de Norteamérica, un latino, un europeo y un asiático. Eso viste al béisbol con sus mejores galas y da la medida de la fuerza de un evento en el que cada vez es más difícil imponerse.

En ese mapa «geobeisbolero» Cuba hizo lo que muchos han calificado y con razón, su actuación más discreta, la cual creo que no es para echarnos a llorar ni tampoco para despotricar de nuestros jugadores. Si en Estados Unidos nació este deporte, en Cuba su cultura lo ha arropado con profundidad y amor. La historia de nuestra nacionalidad así lo recoge y por eso debemos defenderlo hasta la médula. Es tan querida la pelota por los que aquí vivimos, que el paso por el CM 2017 ha levantado expresiones como «hicimos bastante» o «jugamos al nivel que hoy tenemos». Y aunque puede parecer un consuelo, no les falta razón a quienes así piensan, como tampoco a aquellos que consideran que pudimos hacer un poquito mejor las cosas.

Compartimos los tres criterios, pero lo que sí no podemos hacer es contemplar de manera inmóvil la actual situación de nuestro béisbol, la cual no pasa por los peloteros, que como ya hemos dicho casi los damos silvestres, sino por la manera de organizar y desarrollar este deporte que atraviesa la humanidad de cada cubano como la sangre por las venas.

En esta columna, desde el 14 de febrero del 2014, tras el regreso de Cuba a las Series del Caribe, en Margarita, Venezuela, hemos advertido que ese retorno y la presencia cada cuatro años de los CM tras ese evento regional, exige una modificación del sistema competitivo doméstico, no solo de la estructura de un campeonato. Se hizo una variación, pero quedó únicamente en el esquema de competencia del principal evento, la Serie Nacional. Por lo tanto, ni resolvió la calidad de la lid ni el desarrollo de los jugadores.

Cuba está precisada de elevar el techo de su pelota y para ello hay que jugar mucho, este es un deporte de una riqueza táctica infinita y requiere de enfrentarse a ese amplio abanico y eso solo se logra jugando, y en todas las categorías de manera organizada. Por supuesto, hay que adecuar ese movimiento competitivo a las posibilidades económicas del país, pero lo que no nos puede pasar es que un territorio como Santiago de Cuba no aporte ningún jugador a la selección nacional y la capital solo dos; que además, ambas plazas, las de más población del país, tampoco estén en la postemporada cubana. Ellas presidían la rivalidad, motor de la calidad y de la pasión en el terreno del béisbol nacional.

Lo que se ha convertido en un clamor de la mayoría de la afición, la aparición de un torneo elite, es una necesidad sí, pero no debe instalarse de ucase, aunque el tiempo apremie. Es necesario concebirlo bien, desde el espectáculo deportivo que es, hasta su alcance social para que el pelotero se enamore de él. Ha de ser una competencia de clubes –no por criterios territoriales– y creo no debemos temerle al término, entre otras cosas porque la experiencia no estaría reñida con la expresión social del deporte revolucionario, como no lo estuvo en los expaíses socialistas europeos y hoy en China.

Como vía de desarrollo no es para nada descartable la inserción de peloteros en cualquier liga profesional, incluyendo la afamada MLB, está probado que da resultados y, como ya sabemos, se negocia con esa organización. Pero creo necesario, por lo que representa la pelota para el país, del desarrollo de una competencia de nivel en casa, que aportaría calidad. Una temporada exigente, de alta demanda, es igual a desarrollo, no solo deportivo, sino social y económico. La pelota tiene para hacernos regresar a los cuatro grandes del CM y liderar nuestra sociedad, cual bujía en cualquier esfera.

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