Cabellos amarillos, pelota… en blanco y negro

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La naciente Serie Nacional Sub-23 de béisbol ha traído algunos partidos interesantes, equipos que asombran y un modismo singular: los cabellos de amarillo de varios de sus jugadores.

El detalle no pasa inadvertido y algunos ya se preocupan de más, con lo dados que somos a ver fantasmas donde no los hay. Prefiero mirarlo desde el simbolismo del gesto, sobre todo después del incidente que condenó al boxeador Lázaro Álvarez a alejarse seis meses de los cuadriláteros por pintarse el pelo.

Pero volvamos a la pelota y a la imitación de los cubanos. La furia de teñirse de rubio llegó con el último Clásico Mundial de Béisbol y la implantaron los puertorriqueños, la otra ala del pájaro, como nos enseñaron en las clases de Historia y que se legitimó en el imaginario de los dos pueblos gracias al poema de Lola Rodríguez de Tió, considerada la figura de mayor prestancia en la lírica boricua.

Que los peloteros cubanos y otros jóvenes, no justamente  deportistas, imiten la moda habla de un hecho: que al menos  siguieron el evento del deporte que es pasión e identidad en Cuba

Que los peloteros cubanos y otros jóvenes, no justamente  deportistas, imiten la moda habla de un hecho: que al menos  siguieron el evento del deporte que es pasión e identidad en Cuba en momentos en que la pelota está amenazada de desarraigo cultural e identitario ante la avalancha de fútbol internacional que inunda los medios nacionales e impone otros códigos de reproducción estilísticos de los ídolos de este deporte.

Y eso debe ser lo más importante, más allá de que los jóvenes, como ha sucedido en todas las épocas, son dados a la moda, a la imitación de quienes consideran sus símbolos. Que suceda como réplica de los puertorriqueños resulta loable, pues crea un cordón umbilical, más que todo, con el Caribe y con el béisbol en su más alta expresión de calidad.

Según cuentan, los boricuas lo hicieron en el Clásico para crear una especie de amuleto de suerte. Lo vieron como un compromiso contraído con su isla para ganar el campeonato. Y, aunque la pintura de “oro”, como también le llamaron, no les dio el título con el que soñaban, sí los llevó a preservar el subtítulo, lo cual resultó un gran desempeño. Fue más que todo un juego de simbologías que  los unió en el terreno y los conectó todo el tiempo con sus seguidores, que resolvieron también teñirse los cabellos.

Más que la imitación del tinte, debía preocuparnos que nuestros peloteros no demuestren similar garra en el terreno.

Más que la imitación del tinte, debía preocuparnos que nuestros peloteros no demuestren similar garra en el terreno. Necesita nuestra pelota esa inyección de compromiso para jugar por algo, por un nexo. Primero, consigo mismo por lo que representan los jugadores para niños y jóvenes como metas a conquistar o como ídolos a seguir. También con el país, que hasta en las malas prioriza el béisbol como la niña de sus ojos en relación con el resto de los deportes y, sobre todo, con la afición, que aun en medio de la crisis, les prodiga eso mismo: afición.

Le hace falta a nuestra pelota ser más pelota y más cubana. Se sabe que en los terrenos por lo general se está más pendiente del partido entre el Real Madrid y el Barcelona o de los goles de Messi y Ronaldo que del tipo de lanzamiento del pitcher de turno o de los resultados de los juegos de la propia competencia.

Le hace falta imitar lo que está detrás de los cabellos amarillos: el respeto y la profesionalidad que enseñó el Clásico, donde jugar concentra toda la atención de los protagonistas, donde un strike o un deadball no desatan una trifulca como la de hace unos días en Taguasco entre las novenas de Sancti Spíritus y Las Tunas, que terminó con la expulsión de siete hombres.

Para que los pelos teñidos no sean como las modas de ocasión,  debemos buscar nuestros propios asideros simbólicos, quizás no con el mismo tinte o con el plátano con que los dominicanos “tiñeron” los estadios norteamericanos en señal de identidad.

Para que los pelos teñidos no sean como las modas de ocasión,  debemos buscar nuestros propios asideros simbólicos, quizás no con el mismo tinte o con el plátano con que los dominicanos “tiñeron” los estadios norteamericanos en señal de identidad. Le hace falta a nuestro béisbol hurgar en sus esencias, en las maneras en que se jugaba la pelota cuando no había ni Yutong, ni hoteles, ni retribuciones financieras. Hace falta también seguir viendo los pelos amarillos, ¿por qué no?, pero verlos en el sano sentido de su simbolismo y su imaginario.

Y vuelvo al extremo de Lázaro Álvarez, quien reconoció que ciertamente obró a espaldas del reglamento de su Federación, pero no por moda, sino por religión. En vez de sancionar al joven seis meses y dejarlo fuera de los mejores del año, pese a su bronce olímpico de Río de Janeiro, ¿por qué no revisar los reglamentos deportivos y atemperarlos al contexto, tal como hizo el Ministerio de Educación con los celulares en las escuelas, por ejemplo? Sin hacer concesiones a la indisciplina, ¿por qué hurgar más en la forma que en el contenido?

Y ahí prefiero mirar a los peloteros del Sub-23 o a otros, con la visión del tricampeón mundial  de boxeo de los 60 kilogramos: “Aquí está Lázaro Álvarez, mis principios, mis valores y mi condición de atleta no van a cambiar y son los mismos desde que levanté por primera vez la bandera en el podio hasta hoy”.

Me pregunto entonces si ahora que sobran horas y canales en la televisión nacional no debía repensarse mejor sobre sus transmisiones.

La coexistencia con la modernidad y los adelantos tecnológicos supera, inexorablemente, la conveniencia de unos pelos más o menos amarillos. Me pregunto entonces si ahora que sobran horas y canales en la televisión nacional no debía repensarse mejor sobre sus transmisiones. Nuestra TV transmite cuanta liga o partido futbolero existe, aunque nuestro torneo doméstico sea de quinta o la liga local ocupe el 163 en el ranking. Y eso es más preocupante que los dichosos cabellos.

¿Qué impide, por ejemplo, que veamos muchos más partidos en vivo o diferidos de la temporada de las Grandes Ligas, ya en marcha?

¿Qué impide, por ejemplo, que veamos muchos más partidos en vivo o diferidos de la temporada de las Grandes Ligas, ya en marcha?

No creo que por ver en directo al mismo Pito Abreu que recibimos el año pasado en gesto de buena voluntad se vayan más o menos peloteros de los que hasta hoy han optado por esa vía. Con la expansión de Internet, las zonas wifi, los celulares, los paquetes…, decenas de cubanos siguen esos partidos y comentan las estadísticas de quienes consideran los suyos a distancia, así como lo hacen para bien las transmisiones radiales nacionales.

Ver en directo los partidos del que nosotros mismos presentamos como el mejor béisbol del mundo nos daría la posibilidad de aprender del él, cuando no escautear la forma de juego, ahora que no existen ni vías ni dinero para topar con un béisbol superior y las contrataciones escasean.

Ver en directo los partidos del que nosotros mismos presentamos como el mejor béisbol del mundo nos daría la posibilidad de aprender del él, cuando no escautear la forma de juego, ahora que no existen ni vías ni dinero para topar con un béisbol superior y las contrataciones escasean.

Entonces, miremos los pelos amarillos de la pelota sin anteojos y en su real color

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