Sub-23: Nuestro vino

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 Escrito por  Lemay Padrón Oliveros

Cuenta una vieja leyenda que un hombre medio muerto de hambre encontró a un sabio capaz de hacer milagros y le pidió que le diera pescado para comer.

El sabio le dijo: si quieres comer hoy, te puedo dar pescado, pero si quieres comer toda la vida, entonces mejor te enseño a pescar.
La historia, destrozada por mi memoria fragmentada, me viene a la mente cuando escucho los comentarios sobre la Serie Nacional de béisbol sub-23.
Estadios prácticamente vacíos, trasmisiones de radio sin radioescuchas, de televisión sin televidentes, periódicos y sitios web con escasos lectores, son la consecuencia del bajo nivel que muestran muchos equipos, las decenas de errores que se cometen y el resto de los males comunes de la pelota cubana en la última década.
Sería mucho más fácil poner la mejor pelota del mundo en todos nuestros medios de difusión masiva y eso contribuiría, pero si no se juega a diario, nunca se aprenderá a jugar. Para que estos muchachos que hoy pifian una y otra vez eliminen sus problemas no basta con ver cómo lo hacen los mejores, también deben intentarlo ellos, como la vieja canción de Carlos Varela.
Verse en los medios tan jóvenes les puede ayudar a curtirse poco a poco, a la espera de sentirse abrumados por el calor y el griterío de miles de aficionados a favor o en contra, aunque el costo quizás sea dejar de utilizar esos espacios para darles a los aficionados deportes de mayor calidad.
Lamentablemente los horarios conspiran también para que más gente pueda apoyarlos, pero lo más importante es que sus entrenadores no les pierdan pie ni pisada sobre el terreno, que les exijan al máximo y les eduquen de la mejor manera.
Competitivamente, hasta ahora creo que lo mejor es el buen paso de Santiago de Cuba, una novena cuya garra se extraña en las instancias decisivas de nuestro espectáculo mayor. Ya el pasado año se coronaron y eso no se tradujo en un buen papel meses después, pero cuando ese trabajo se consolide, seguramente veremos los frutos.
Al igual que los peloteros, los mentores también aprenden sobre la marcha, y algunos piden a gritos una oportunidad, como el artemiseño Jorge Luis Machado, con sólido trabajo en esta categoría.
Debemos seguir bebiendo de nuestro vino, por muy amargo que sea, hasta que el sabor mejore, cuando quienes hoy pescan en la orilla sean expertos en alta mar.

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