La pelota cubana, Poirot y el secretismo


Por Juan Kubala 

Javier Méndez, el hombre que llevaría las riendas, me cuenta que no puede. Su hija atraviesa por una delicada situación de salud, y él ha tenido que “pedir una tregua” para atenderla como Dios manda a los padres. Es una pena: estaba ilusionado con una gran cosecha en su tercera temporada en el dugout azul.

Rey Vicente Anglada, el hombre por el que todo el mundo apuesta, me dice que no quiere. “Yo ni muerto me pongo a dirigir de nuevo aquí”, aclara convencido el tres veces campeón como manager de los Azules. En Panamá, sin duda, se trabaja con más tranquilidad y mejor sueldo.

Guillermo Carmona, el hombre que parecía seguro como sustituto del mentor saliente, me confiesa que no entiende. “A estas alturas yo debía haber sido designado, pero eso no ha ocurrido y todavía estoy a la espera de respuesta. Por lo pronto, para este año ya perdí la oferta de trabajar en Italia. Ojalá no haya sido por gusto”.

Víctor Mesa, el último hombre que se incorporó a la relación, me informa que no sabe. Contrario a lo que había declarado antes, ahora dice que está dispuesto a dar el paso, pero solo en la cueva de Industriales. “Conmigo nadie ha hablado para hacerme cargo del equipo. Sé que todo el mundo anda diciendo cosas en la calle, pero hasta el momento no sé nada al respecto”.

Los rumores circulan en todas direcciones, enfocados en un objetivo común: el puesto de mando del equipo más querido y detestado del país. Ido Méndez y autoexcluido Anglada, las opciones del “cuerdo” Carmona y el “alocado” Mesa suenan más que las sirenas policiales en el Bronx. Cabría afirmar, como en el conocido segmento del Noticiero de Televisión, que toda Cuba dice, pero no la Comisión Provincial de Béisbol. Que a fin de cuentas es la que tiene la palabra.

Hace varias semanas que comenzó el chismorreteo, el “palante y patrás” en los corrillos, y ninguno de los funcionarios deportivos de La Habana ha asumido la responsabilidad de dar la cara. En su lugar, ciertos –y poderosos– sectores periodísticos han hecho campaña abierta por VM32, mientras otros con menos alcance de audiencias han clavado unas picas en el lomo de tal candidatura.

Sin embargo, aquí el punto no es quién resulta elegido a la postre (total, siempre es bueno gozar de alternativas a la hora de las determinaciones). El problema central, el punto más terrible de esta historia, es el oscuro precedente que se siembra: si antes nos quejábamos del secretismo para hacer público el manager del Cuba, ahora la enfermedad se ha hecho extensiva al de un elenco de la Serie Nacional.

Dicen –y da pena decirlo– que el próximo 20 de mayo se anunciará oficialmente al mentor que se hará cargo de Industriales. Y entonces sobrevienen las interrogantes. ¿A qué obedece tanta dilación? ¿Afectará ese nombre oculto los intereses del Estado? ¿Dejará alguna brecha informática que le abrirá las puertas a la piratería internacional? ¿Habrá que escamotearle esa información al enemigo imperialista? ¿O será que, aquí y ahora, el béisbol nos condena a ser los personajes secundarios de una trama infinita de Agatha Christie?

En tal caso, me pregunto dónde coño se mete Poirot.

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