El sonido de la pelota cubana


Autor: Aliet Arzola Lima

El béisbol tiene un montón de sonidos. El estruendo de la pelota entrando en la mascota del receptor, los pasos de cualquier jugador atravesando el dogout con sus pinchos, el choque del madero con la bola, la algarabía ensordecedora desde las gradas…

En todos los estadios de Cuba, sin importar la categoría o lo intrincado que sea el campo, podemos escuchar esta sinfonía, y sentimos una sensación de vacío enorme cuando alguno de los elementos brilla por su ausencia.

La recién concluida Serie Nacional Sub-23, con el triunfo inobjetable de Santiago de Cuba, nos dejó muchas etapas de silencio, con solo los jugadores en el campo y casi nadie en las tribunas, pero afortunadamente, en un epílogo que al menos yo no veía venir, regresó la vida a las gradas y también respiró el béisbol cubano.

En Villa Clara y Santiago, en el Sandino y el Guillermón, dos plazas bien exigentes, la gente se fue a los estadios a vitorear a muchachos casi desconocidos, todavía con un largo camino por labrarse para llegar al estrellato.

No hablamos de los padres, hermanos o amigos de la cuadra de los peloteros —esos que asisten asiduamente sin importar la hora ni el sol—, hablamos de aficionados sin vínculo alguno, cuyo móvil es solo la pasión por el deporte nacional.

Ellos se sintieron atraídos por los partidos cruciales de un torneo que no cautivaba demasiado, con sus 907 errores (a razón de casi tres por duelo), 2 404 boletos (promedio de 7.5) y solo 218 jonrones (menos de uno —0.7— por encuentro).

Sin embargo, la afición respondió y le devolvió al juego una de sus esencias: el coro, ingenio y bullicio de la grada, sobre todo en suelo indómito, donde volvimos a sentir el sonido inconfundible de la conga santiaguera.

Yo comencé a ver pelota hace relativamente poco tiempo, dos décadas, digamos. Justo en el momento de ese bautizo beisbolero, Santiago a veces ganaba, pero siempre intimidaba, y el sonido más tenebroso para sus rivales, amén del tronar de los bates que mandaban bolas a rozar el cielo, era el de la conga.

Su ritmo contundente ponía a sudar a los oponentes en la grama y desesperaba a los parciales contrarios en la tribuna, muchas veces sin una respuesta a la altura de las circunstancias. Pero lo mejor de la conga santiaguera es que ahora retumba justo igual que hace 20 años.

No importa cuánto tiempo ha pasado, el estruendo es el mismo que aupaba como un doping musical a la Aplanadora de Kindelán, Pacheco, Pierre, Fausto, Me­riño, Poll, Cutiño, Reutilio, o después a la versión más renovada de las Avispas con José Julio, Mustelier, Navas, Bell y Olivera.
Y al parecer, los efectos son perpetuos, porque los jonrones de Lionard Kindelán y los misiles del resto de la artillería indómita contra el staff villaclareño, tercero en efectividad de la concluida lid Sub-23, llegaron al compás de los tambores, tan incisivos como la corneta pinareña o el rugir parejo del Latino.
Así cerró un torneo con más grises que blancos, pero que al final no dejó una sensación tan amarga. El hecho de que el público volviera a los estadios y pusiera su propia música, al menos por un fin de semana, nos hizo recordar el significado del béisbol para Cuba.

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