Alex Guerrero: la adversidad como karma

Por: Leo Vegas

Quizás en algún momento su apellido se convirtió en karma y por eso para Alexander Guerrero nada ha sido fácil a lo largo de su carrera.

Ahora que ha estado a solo un paso de igualar un récord legendario de las Grandes Ligas Japonesas, en Cuba solo se habla de Alfredo Despaigne y sus batazos con el poderoso SoftBank Hawks.
No importa que el tunero de los Dragones de Chunichi tenga los mismos cuadrangulares que el granmense (16), ni que hilvanara seis partidos conectando jonrón y se quedara a solo uno de la marca que comparten el gran Sadaharu Oh y el estadounidense Randy Bass. En la Isla, apenas unos pocos siguen su accionar en la Liga Japonesa.

Como tantas veces en su vida, el nacido en la localidad tunera de Chaparra se ha visto preterido.

Solo que Guerrero ha convertido la adversidad en una especie de motivación extra. Aunque muchos ven el béisbol japonés como una etapa de rehabilitación para quienes llegan defenestrados de la Major League Baseball (MLB), el cubano no pierde su espíritu luchador y sigue centrado en lo que sabe hacer mejor: destrozar a fuerza de batazos las bolas que se acercan al home plate.

Tras un inicio lento, con demasiados ponches y escasos extrabases, el ex jugador de los Dodgers de Los Ángeles ha encontrado el camino y con sus 16 vuelacercas es líder absoluto en la Liga Central, por encima del norteamericano Brad Eldred (15), del japonés Seiya Suzuki y el venezolano José López (ambos con 11), y de su compañero de equipo, el villaclareño Dayán Viciedo (10).

Un contrato de poco más de un millón de dólares por la presente temporada fue suficiente para que los Dragones de Chunichi obtuvieran a un toletero que dinamiza la parte gruesa de su alineación. Un negocio redondo para los dueños del equipo y una oportunidad reivindicadora para el jugador de 30 años, dueño de un talento tantas veces ignorado.
Sin opciones en el béisbol cubano
Antes de comenzar su aventura como profesional, que lo ha llevado a ligas de República Dominicana, los Estados Unidos y Japón, Alexander Guerrero hizo todo lo posible por triunfar en el béisbol cubano.

En su etapa de slugger en la Serie Nacional, debió soportar un año tras otro arbitrarias exclusiones del equipo Cuba. Ni siquiera sus cuatro excepcionales temporadas entre 2008 y 2011 –en las que sumó 81 jonrones y 275 remolques con los Leñadores de Las Tunas– le sirvieron para hacerse de un puesto en la selección mayor de la Isla.

De esa época ha quedado una anécdota ilustrativa de sus duros años como pelotero subvalorado en Cuba. Fue en el Torneo Interpuertos de 2011, en Rotterdam, Holanda. El equipo antillano era dirigido por Roger Machado, y Guerrero, tras otra gran campaña nacional, comenzó como torpedero titular.
Sin embargo, en la jornada del debut ante el elenco de Curazao sucedió algo inexplicable. El tunero vino a batear en el quinto episodio con las bases llenas y una carrera de desventaja para su equipo. 

Entonces conectó un sencillo a los jardines que remolcó par de anotaciones y puso delante a Cuba. Parecía su consagración.
La sorpresa llegó en su próximo turno al bate. Contra toda lógica, Machado decidió sustituirlo y colocar a Yordanis Samón como emergente. A jugar fue llamado después el cienfueguero Erisbel Arruebarruena, entonces un joven prometedor al que la mayoría de los técnicos prefería para defender las paradas cortas y que se quedaría a la postre con el puesto de titular.

Al tunero, no conocido precisamente por su docilidad, le sentó muy mal lo que muchos calificaron de provocación. A fin de cuentas, ya le habían endilgado la etiqueta de “probable desertor” y no pocos esperaron que aquel incidente lo llevara a tomar una decisión definitiva sobre su futuro.

Aunque el jugador de los Leñadores tuneros regresó a Cuba, algo se quebró finalmente en él y una vez convencido de que todos los caminos en el béisbol cubano le estaban cerrados, el torpedero más ofensivo del momento en la Isla tomó una lancha con destino a Haití. Detrás dejó sendas marcas para los defensores del campo corto en una temporada de la pelota nacional: más jonrones (22) y mayor número de carreras impulsadas (87).


Mattingly, otro obstáculo insalvable

Luego de un tránsito difícil por Haití y República Dominicana, Guerrero llegó a los Estados Unidos en 2014, ya convertido en agente libre. Y allí tuvo el que en su momento fue considerado un gran acierto: arrimarse a la alargada sombra de Scott Boras, un habilidoso representante de deportistas que ha gestionado las carreras de superestrellas como Alex Rodríguez, Max Scherzer o Prince Fielder.

Boras le consiguió un jugoso contrato de entre 28 y 32 millones de dólares por cuatro años con los Dodgers de Los Ángeles, quienes vieron en el cubano a un posible defensor de la segunda almohadilla.

Pero las buenas noticias se limitaron a su nueva condición de millonario. Primero vino la explosión inesperada de Dee Gordon, que lo llevó al Juego de las Estrellas 2014 como camarero de los angelinos, y luego la certeza de que los scouts habían valorado mal la capacidad del tunero para adaptarse a la intermedia en el nivel de Grandes Ligas.

Comenzó entonces su via crucis en la organización californiana. En su primera temporada, no bastaron sus 17 jonrones y un promedio ofensivo de .333, mayoritariamente en el nivel Triple A, para que el siempre polémico mentor Don Mattingly lo llamara al equipo grande. Tampoco fue suficiente que por dos años consecutivos rindiera a muy alto nivel en los entrenamientos primaverales.

Ante la perspectiva de regresar a las Menores en su segundo año vestido de azul, Guerrero hizo uso de una cláusula impuesta por Boras que obligaba a los Dodgers a mantener al tunero en su roster de 40 hombres siempre que este así lo deseara.

Pero a la larga esta imposición terminó por salirle cara, pues el testarudo Mattingly nunca perdonó que le ataran las manos. Después de un trepidante abril de 2015 en el que el cubano fue seleccionado el Novato del Mes de la Liga Nacional, el piloto de los Dodgers comenzó a espaciar cada vez más las oportunidades de Guerrero y este terminó por perder la forma deportiva.

Sus 11 cuadrangulares y 36 impulsadas en 106 juegos no fueron considerados números suficientemente buenos para un pelotero sin grandes herramientas defensivas.

Dejado en libertad en junio del pasado año por el principal equipo de la ciudad de Los Ángeles, Guerrero no encontró acomodo en el sistema de MLB. Sobre todo porque el contrato gestionado por Boras terminó por ser un boomerang que puso fin a sus días como ligamayorista.
El agente, llamado por algunos el Anticristo del béisbol, se aseguró de incluir otra cláusula que prácticamente dejó sin opciones al cubano de encontrar un nuevo equipo: además de no poder bajarlo a Ligas Menores, su nueva organización tendría que verlo convertirse en agente libre al final de la misma temporada en la que fuera canjeado por los Dodgers.

Amparado en la seguridad económica de los 3,2 millones de dólares que debieron pagarle sin jugar el resto de la campaña anterior, y por los 5 que percibirá aún de los Dodgers en la presente temporada, Guerrero decidió marcharse a Japón.
Allí ha sido antesalista, jardinero izquierdo y designado de los Dragones de Chunichi, un equipo que ha apostado abiertamente por el talento de la Mayor de las Antillas. 

Además de Omar Linares en calidad de entrenador, los de Nagoya poseen en sus filas a Dayán Viciedo y al lanzador zurdo Raúl Valdés, además del joven serpentinero pinareño Raidel Martínez y el guardabosques pinero Leonardo Urgellés.
A la cabeza de la armada cubana de los Dragones, Alex Guerrero muestra hoy al mundo todo su potencial como bateador. Quizás una gran temporada en Japón le sirva de vitrina para regresar a la MLB, o puede que este sea solo el primero de varios años en la Nippon Professional Baseball League.

Cualquiera que sea su destino, Guerrero no se ha detenido a esperarlo. Rebelarse contra su karma sigue siendo su principal divisa.

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