Primitivo Díaz: En el cajón de tercera


Por: Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Días atrás me fui al “Capitán San Luis”, para ver el entrenamiento del equipo Pinar del Río. Me recibió el mismísimo Pedro Luis Lazo y me hizo revisar la propuesta de Schedule para la venidera Serie Nacional; me gustó y se lo hice saber un rato después, pues ya andaba conferenciando con Casanova detrás del home, analizando las alineaciones para el partido de preparación próximo a comenzar. Los movimientos del Rascacielos andan a la velocidad que lanzaba.

En el dugout de tercera estaba Primitivo Díaz, el sempiterno coach de la tercera almohadilla, intra e inter fronteras, por más de cuatro décadas. Allá fui y conversamos un rato, antes de comenzar el desafío, pues él sería uno de los directores. El sol se “banqueteaba” con nosotros, mientras llevábamos los pensamientos al terruño.
Estuvimos juntos en la escuela. Jugábamos a diario en la Secundaria Básica, nombrada entonces “Victoriano Miranda”, el campesino que descubrió las Minas de Matahambre y otros se enriquecieron con el hallazgo. Después, le cambiaron el nombre al plantel por “Nguyen Van Troi”, hasta el sol de hoy, con sus noches.
Allí, con trece años de edad, tuvimos un serio altercado por razones que no recuerdo, seguramente una bobería. Él era un “gallito” de pelea; yo no. Nos fuimos a las manos y mandaron a buscar a nuestras familias. La buena María estaba desconsolada. Nora, mi madre, no era la primera vez que acudía por mi culpa a los maestros; se veía más sosegada. Él mantuvo su orgullo y yo me sentí peor, porque me consideré culpable. Han pasado cincuenta y dos años y siempre que nos vemos recordamos el incidente. Coincidió con el curso de inauguración del centro en septiembre de 1960; todo un acontecimiento.

Si algo nos unió fue la pelota, jugábamos en cuanto placer tuvimos a mano. Al férreo control del estadio no era fácil acceder. Entonces emigrábamos a la Represa, un amplio llano de arena dura, aledaña al barrio residencial donde vivió la burguesía nativa y algún que otro norteamericano.
El jonrón se decretaba cuando la bola se iba por encima de los tubos del agua de la mina, calculo unos 260 pies del improvisado home. Ni Primi (así le decimos sus allegados) ni yo poseíamos fuerza para botarla. Distancia reservada para Mario el Gordo y otros forzudos. Siempre me pareció que allí el sol era más fuerte y no había ni agua para tomar.
Presenciamos broncas duras de verdad. Atica Esmoriz e Israel, el de Tanila, se daban con todo, sin pedir tregua. Atica, el Cabezón, con los zapatos más limpios del pueblo, bien cercano a mi familia. Israel ni los medía ni los pesaba, sus reyertas hicieron época, a pesar de poseer buen corazón.

En los años sesenta tuvimos acceso al estadio, echábamos fuertes piquetes al flojo. Primi y yo éramos presencia fija. La estrella, Amor Millo, hijo del viejo Teté. Allí jugaron players de la talla de Eulogio Osorio Patterson. Una tarde, al oscurecer, Emilio La Rosa comenzó a batear fouls para que cayera la noche y quedaran nulas las apuestas. Alfonsito Yi, el Chino, se dio cuenta del ardid y lo amenazó. El bateador no hizo caso. La cosa terminó con un fortísimo batazo en la cabeza de Emilio, hubo que correr para el hospital. Primi quedó tan asombrado como yo, pues jugábamos por puro deseo. Pocas veces he visto tanta pasión en un terreno.
Con el tiempo, sin cursar estudios universitarios, Primi se convirtió en un imprescindible del béisbol cubano. Al principio fue asistente de equipos y manager seleccionado para conjuntos provinciales. Después ha recorrido varios países, con ayuda técnica por años en Italia. Es de los mejores del país como coach de tercera. Comete errores como todo buen cubano, pero logró especializarse en tan difícil tarea.

En la década del setenta del siglo XX, como director, mantuvo la tradición al frente del Minas de Matahambre. Cuando el equipo llegaba triunfador, desde lo alto de la Loma del Viento, comenzaban a sonar las bocinas de los carros. Recorrían las calles del pueblo y después a tomar cervezas. En 1978 clasificó su equipo para la final provincial. Desde el lejano Cayuco, dos camiones Fiat, llenos de peloteros y aficionados, con Chanito León a la cabeza, heredero de Coro el Gordo, el de la Cristal, recorrieron un buen rato el pueblo.
Por aquella época nombraron director de los Vegueros, con solo veintiún años, a mi hermano Francisco José (Catibo). Y él no dudó en traer a Primi para la capital provincial, donde se convertiría en un excelente entrenador, con una envidiable hoja de servicios: Más de veinte Series Nacionales, y un sinnúmero de eventos internacionales, entre los que destacan Juegos Olímpicos y Clásicos Mundiales.
También prestó sus servicios un par de años en el Matanzas de Víctor Mesa, quien lo había solicitado, junto al también vueltabajero Rogelio García, el Ciclón de Ovas. Todo iba a pedir de boca, hasta que en una jornada agotadora fue increpado, sin llegar a las ofensas, por el director. Tranquilamente marchó al dugout, se desvistió, recogió los bártulos y regresó a su tierra natal. No le gusta comentar el hecho, lo guardó, como tantos otros, en el archivo pasivo.
Primitivo Díaz, hijo de Antonio el Mulato y de María, quien llegó al mundo al costado del Pozo No. 2 de Matahambre, con otros tres hermanos, dos de ellos fallecidos, tiene memoria con precisión de relojero. En un campeonato de segunda categoría, a mediados de los setenta, era manager y jugador. Cuenta que René Melo, el mejor pelotero que ha dado el pueblo, conectó el último jonrón de su vida. Cuando lo esperaban para saludarlo, Nené Martínez, otro que bien bailó en el diamante (ambos fallecidos) con calma y simpatía dijo: “Veterano, todavía te quedaba uno…”
De respuestas inesperadas, es original. Como su vida es pública, prefiero hablar cosas nuestras. Hace quince años asistí al entrenamiento en el Capitán San Luis, cuando comenzaba a escribir El Niño Linares; hice consultas. Sentados detrás de home estábamos Jorge Fuentes, Catibo, Pedro Miguel Fernández, Primi y yo. Me preocupaban las piernas lesionadas de Omar. Dije que debían llevarlo a jugar primera, el cementerio de los grandes bateadores. Nadie me apoyó. Su respuesta fue original: “Y qué hacemos con Gavilán…” Riposté: “A cazar pollitos…”

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