Gesto de Gurriel demuestra su grandeza humana para acompañar la deportiva

POR JORGE EBRO

Nunca pareció más grande Yuli Gurriel que cuando se mostró más humilde. Nunca desnudó tanto su alma como en ese momento en que se quitó el casco e hizo un gesto conciliatorio hacia Yu Darvish. Y ahora su estrella brilla más que nunca, como campeón de la Serie Mundial.

Estos días deben haber sido inolvidables para el cubano y no solo por las buenas cosas que merecidamente se ha ganado. La controversia sobre un supuesto y para nada gesto racial contra Darvish tiene que haberle pegado fuerte, allí donde no se ve y duele a rabiar, en el orgullo propio.

Tras el triunfo de los Astros de Houston en la Serie Mundial, los aficionados entonaron a coro la canción “We Are The Champions” a las afueras del Minute Maid Park.

Nunca antes se había visto tan auscultado por la lupa pública. Se quiso disculpar directamente con el lanzador, pero el japonés le negó esa posibilidad, quizá porque igualmente sentía que el tema había saltado los límites de su durabilidad y era hora de mirar adelante.

Gurriel, sin embargo, exhibió su clase humana especial con ese simple gesto hacia Darvish. Todos los que le conocen hablan maravillas de su forma de ser. Ese casco en la mano, y el rictus de disculpa en su rostro, lo confirmaron.

Lo otro, que era un tremendo pelotero, eso ya lo sabíamos de sobra, pero hacía falta una última prueba, definitiva, como esta Serie Mundial que sirve de punto final a una temporada inolvidable.

¿Qué le queda por hacer a Gurriel? Lo ganó en el ámbito internacional con los equipos cubanos, Juegos Olímpicos, Panamericanos, Copas Intercontinentales y esa plata que brilla como oro del Primer Clásico Mundial de Béisbol.

Brilló en la pelota profesional de Japón, la segunda mejor del planeta. Solo le faltaban las Mayores. El padre Lourdes fue un héroe en su tierra. Con este éxito en octubre, el hijo lleva el linaje de la familia a un nivel superior.


En un equipo repleto de estrellas jóvenes, Gurriel resultó un novato especial. No fue parte del coro sino que estuvo en el centro de todo con voz potente, y a sus 33 años le queda mucha cuerda para acompañar a unos Astros que deben soñar con una dinastía.

Carlos Correa le llamó “la máquina de batear que vino de Cuba” y cuando llegó a Miami para el Juego de las Estrellas, José Altuve calificó de “delicia” contar con un pelotero de su calibre en Houston.
Siempre nos quedará la duda de cuánto habría logrado con una carrera más larga en Grandes Ligas, pero por ahora vale la pena disfrutar su plenitud y su grandeza. En Los Angeles, en medio de los estruendosos abucheos, muy pocos se percataron del gesto amistoso hacia Darvish en su primer turno.

Lo importante es que el mundo tomó nota.

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