¿Podrá Guerrero salvarse de la maldición de Yomiuri?

Por Claudio Rodríguez Otero 

   La firma reciente del cubano Alex Guerrero con los Gigantes de Yomiuri invita a la celebración, pero también a la cautela debido a la indudable maldición que afecta a los extranjeros que llegan a ese club después de haber pasado por otro equipo de la NPB.
 
   Con la única excepción del venezolano Alex Ramírez, de quien hablaremos más adelante, a todos los extranjeros que han firmado con el laureado conjunto de Tokio después de haber debutado en la NPB con otro club les ha ido mal.
 
   El mexicano Luis Cruz representa el ejemplo más reciente de dicha maldición. Después de jugar dos exitosas temporadas con los Marinos de Lotte en 2014 y 2015, en las que rindió bien tanto ofensiva como defensivamente y hasta ganó un Guante de Oro, todo se le vino abajo después de mudarse a Yomiuri en 2016.
 
   El hecho de haber firmado un pacto de 2 años por el triple del salario que ganaba en Lotte y con un equipo que necesitaba un segunda base de calidad como él, pareció pronosticar un exitoso futuro para el jugador, pero lamentablemente ese no fue el caso.
 
   Su primer mes con el club fue muy bueno, pero una lesión lo obligó a perderse 2 semanas de acción y a partir de ahí su temporada cayó en picada. La misma molestia volvió a sacarlo del roster activo a principios de junio y no pudo regresar sino hasta dos meses después.
 
   Cuando finalmente lo hizo, apenas vio acción por un mes antes de ausentarse otra vez, en esta ocasión para asistir al nacimiento de su nuevo hijo. Regresó al terreno 10 días después, pero su falta de compromiso con el juego enfureció a su manager, quien decidió castigarlo al bajarlo al conjunto filial justo antes del inicio de la postemorada.
 
   El azteca regresó al club esta campaña para cumplir su segundo año de contrato, pero el exceso de extranjeros en la nómina lo dejó sin cupo en el equipo mayor, donde apenas pudo disputar 9 partidos y batear para .156 antes de ser cambiado a las Águilas de Rakuten.

Yomiuri lo dejó en libertad a principios de este mes y lo más probable es que no logre regresar a Japón en el futuro debido a los pobres números que registró en estos últimos 2 años.
 
   De hecho, cuando Cruz firmó con Yomiuri advertimos en este mismo espacio el peligro que corría con tal movida y todas nuestras preocupaciones terminaron convirtiéndose en realidad, a pesar de la negativa de varios fanáticos que nos escribieron diciendo que le iría bien.
 
   Lo curioso de esta maldición es que no afecta a los extranjeros que llegan a la NPB a jugar directamente con Yomiuri, a quienes a veces les va bien y a veces mal, sino sólo a aquellos que debutaron primero en la liga con otro equipo y luego firmaron con el club de Tokio.
 
   Los ejemplos de los norteamericanos Karl “Tuffy” Rhodes y Jeremy Powell, y también el del venezolano Roberto Petagine, confirman esa tendencia.
 
   Rhodes llegó a Yomiuri en medio de grandes expectativas después de haber disputado 8 temporadas en la NPB y haber cosechado 3 títulos de jonrones, 2 de empujadas y un galardón al Jugador Más Valioso.
 
   Los números que registró en su primer año fueron muy buenos (45 JR, 99 CE, .287 PMD), pero no sólo decayeron en el segundo (27 JR, 70 CE, .240 PMD) sino que su relación con el club y sus fanáticos nunca fue buena y terminó por expulsarlo del mismo en malos términos.
 
   De una manera muy similar, Powell llegó al equipo después de brillar durante 4 temporadas con los Búfalos de Kintetsu/Orix, en las que sumó un título de victorias y uno de ponches. No obstante, tan pronto comenzó a jugar con los Gigantes su juego decayó.
 
   Las cosas se agravaron en la segunda campaña que disputó con el equipo, cuando una lesión lo mantuvo alejado del terreno durante casi todo el año, razón por la cual el club lo dejó en libertad una vez finalizado el calendario.
 
   El caso de Petagine sigue casi el mismo guión. Después de haber sido uno de los toleteros más poderosos y productivos de la Liga Central con las Golondrinas de Yakul entre 1999 y 2002, el inicialista criollo firmó con Yomiuri por una cifra récord en 2003.

Sus números fueron buenos tanto en su primer año (34 JR, 81 CE, .323 PMD) como en su segundo (29 JR, 84 CE, .290 PMD), pero una lesión limitó bastante su tiempo de juego y su personalidad introvertida nunca se sintió a gusto con la furia mediática que rodea todas las actividades del club, razón por la cual su contrato no fue renovado.
 
   Los efectos de esta maldición sin duda se ven acentuados por la filosofía de trabajo del equipo, que es la más rígida de Japón. Por ser el conjunto más popular y laureado del país, éste controla minuciosamente todo los que hacen sus jugadores para evitar que cualquier escándalo empañe su imagen.
 
   Ese control incluye la prohibición a todos sus peloteros de crecer cualquier tipo de vello facial, hacerse tatuajes o mascar goma durante los juegos.
 
   Adicionalmente, y al más puro estilo de los Yanquis de Nueva York, Yomiuri es un equipo muy impaciente que siempre está obligado a ganar y que cada vez que algo le sale mal se apresura a buscar a un culpable y a hacer cambios radicales para corregir el problema.
 
   Por si eso fuera poco, siempre contrata el doble de los extranjeros que puede tener en su roster activo, por lo que la mitad de ellos ni siquiera puede ver acción y eso les dificulta aún más tener exito en la franquicia.
 
   Como mencionamos al principio, la única excepción que ha habido hasta ahora ha sido la del venezolano Alex Ramírez, quien llegó al club en 2008 después de disputar 7 exitosas campañas con Yakult y se convirtió de inmediato en el líder del equipo y en uno de los toleteros más temidos de Japón.
 
   Se alzó con el galardón al Jugador Más Valioso en 2008 y 2009 y hubiese podido llevárselo también en 2010, de no ser porque su equipo terminó en el tercer lugar de la tabla y los cronistas deportivos japoneses decidieron inclinarse, como es su costumbre, por el pelotero más destacado del conjunto que se coronó campeón de liga.
 
   Su producción, al igual que la del resto de la NPB, decayó de manera dramática en 2011 debido a la introducción de una nueva pelota oficial que volaba muy poco debido a que no fue manofacturada correctamente, como se descubriría luego.

  A pesar de todo, sus números fueron nuevamente los mejores de su equipo, pero como la temporada terminó en fracaso y había que buscar a un culpable, lo más sencillo fue apuntar el dedo al importado de poder.
 
   Eso molestó mucho a Ramírez, quien decidió cambiar de aires a finales de año a pesar de que el club deseaba retenerlo. Sin embargo, el legado que dejó en Yomiuri fue enorme, no sólo debido a sus números sino también a su amena personalidad que lo convirtió en una de los jugadores de béisbol más reconocidos del país.
 
   Resulta difícil pronosticar qué ocurrirá con Guerrero. Su talento es lo suficientemente bueno como para que triunfe con Yomiuri, pero ese también fue el caso en cada uno de los ejemplos que mencionamos con anterioridad y casi todos ellos terminaron en fracaso.
 
   Su capacidad de adaptarse a ese medio ambiente tan exigente y frenético y también de producir buenos números de inmediato serán clave para su éxito en el conjunto.
 
   La suerte también influirá mucho, porque no sólo una lesión sino incluso una mala jugada defensiva en los jardines podría sellar su destino en el club.

   

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