Yo quería ser uno de ellos 

Por Ismael Rensoli

Una de las cosas buenas que me ha proporcionado ser cubano, es la posibilidad de hablar de cualquier cosa “en cubano”. En programas de radio que he tenido en los años de experiencia, he opinado sobre muchas cosas, aquellas que creo despiertan los recuerdos de quienes fueron testigos o protagonistas de una época. Lo mismo he dicho sobre las diversiones del Coney Island que de las sabrosas fritas que más de un habanero degustó como remedio apurado ante el deseo de comer. Y para mi agrado, siempre he encontrado en alguien una respuesta sentida y nostálgica sobre alguno de los temas de mis andanzas a través del verbo.

A cada rato también hablo sobre la pelota, claro está, siempre reafirmando lo que este deporte representa para nosotros los cubanos.

Nunca he tocado el tema de las causas de la creciente influencia e inclinación de los actuales jóvenes por el fútbol, sobre ese tema prefiero que digan los que saben, pero si digo sobre la pelota y su marca “genética” en nuestra cultura, siento ligero temblor en mis lagrimales al recordar los tiempos en que mi papá me llevaba a inicios de los 60s al Gran Estadio del Cerro para presenciar aquellos encendidos juegos entre Industriales y Orientales, incluso después de que la instalación fuera rebautizada con el nombre de Estadio Latinoamericano en clara muestra de la vocación solidaria del país, algo muy grato era la imagen que vestía todo el espectáculo: el esmerado cuidado del terreno de juego, las luces, los colores, la gritería respetuosa de la gente, el anunciador local cuya gracia para pregonar cambios y turnos al bate era un verdadero alarde de cómo se debe entonar un mensaje en busca de un efecto emocional en el oyente. Si no hago el ridículo de la desmemoria, creo que el anunciador del estadio se llamaba Tony Vega (o Veiga). 

Recuerdo también la presencia de algún grupo musical de moda confundido entre la gente del graderío, entre otros, Pello el Afrocán que removió aquella primera mitad de los 60s con su hirviente Mozambique y sus rubias bailarinas en contraste irrepetible con la poderosa y sudorosa negritud tamborera de sus alrededores, los vendedores de café de camisa blanca de lacito negro en el cuello y quepi. Siempre me asombró aquel increíble talento para vender la infusión en medio del barullo, de pie, y casi siempre abriéndose paso (termo en mano) a través del gentío con su delantal lleno de aquellos vasitos de papel con forma romboide que llenaba de café hasta el tope sin que se derramara una sola gota al piso, ¡qué cosa!

Pero lo mejor de todo aquello era el suceso que juntaba tanta gente: el juego de pelota. Los primeros en salir a escena eran los árbitros (o los “ampayas”, como decimos acá) por entonces vestidos de negro y gorritas de visera estrecha; después los managers (o “mániches”, que así también se le nombran aquí) para discutir las reglas de terreno y después, lo más esperado: ante los silbidos, sonidos de matracas, tambores, cornetas y aplausos, los peloteros salían de sus bancos (o “dogáos”) al terreno corriendo a más no poder, entusiastas, como danzantes de la función que está a punto de comenzar. Y esas imágenes son las que van de la mano con alguna lágrima furtiva propia de las cosas que nunca más volverán: Pedro Chávez, Agustín Marquetti, Urbano y Tony González, Germán Águila, Eulogio Osorio, Antonio “Ñico” Jiménez, Raúl Reyes, Ricardo Lazo, Manuel Hurtado… todos héroes míos dentro de otro montón de inolvidables nombres azules en fiera y decente batalla contra Agustín Arias, Elpidio Mancebo, Andrés Telemaco, el “Chivo” García, Hermes Kindelán, Fermín Laffita, Ramón Echeverría, el Cobrero Manuel Alarcón… ¡cuánta pasión!; ¡ah! y de un lado Ramón Carneado dirigiendo y del otro, un dignísimo opositor: Roberto Ledo.

Sin duda alguna, una de las mejores cosas que el Béisbol de los 60s legó para la historia del deporte cubano, fue la fuerte imagen e influencia que muchas de aquellas figuras dejaron en los que por entonces éramos niños con no más de 10 u 11 años de edad.

¿Quién o quiénes de nosotros no queríamos ser como Urbano?, ¿o como Owen Blandino? ¿o como Miguel Cuevas? ¿Cómo olvidarme de “Guagüita” López, Alfredo Street o de Jorge Trigoura? Cuando jugábamos a la pelota en terrenos improvisados, solíamos imitar la manera de batear o de caminar de determinado pelotero de entonces, queríamos parecernos a él e incluso competíamos entre nosotros para ver quién lo imitaba mejor. Todos ellos fueron mis ídolos y lo serán siendo por siempre.

Son recuerdos del pasado una ínfima pieza que se inserta en el imaginario de la cultura de nuestra Nación quizás en compañía de una de las canciones que un día escuchaste en una victrola.

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