Partiendo la goma…

Por: Hassán Pérez Casabona

Strike uno

Un pueblo sin memoria no está en capacidad de erigir su destino. La carencia de un tronco donde asirse condena al ostracismo. No es posible otear el horizonte si se anda acéfalo por el mundo. Así de simple.

La historia, empleada de manera correcta, sin maniqueísmo de ninguna clase, es un tesoro de incalculable valor. No se trata de una varita mágica con la que se intente dar respuesta a cualquier interrogante, sino de la más acendrada convicción de que es posible levantar la frente y no irse de bruces.

Lo esencial es entenderla como puente tendido entre lo que fue ayer, es hoy y también, sin complejos, lo que puede ser mañana si se asumen las claves de la evolución social en un morral que constantemente se enriquece. Si se tiene a mano esa impronta, en plena capacidad de brindar aportaciones de enorme valor, es posible llegar a puerto seguro.

Parafraseando a Don Fernando Ortiz, no hablamos de un “ornamente florido” con el que se pretenda engalanar, sino de la columna vertebral sobre la que se incorporan otras estructuras analíticas, cimiento a la vez del necesario despegue que producirá cada tiempo por venir, en el examen sobre lo que sucedió, a partir de las nuevas interpretaciones que proporciona el empleo de diversas herramientas teóricas.

Desde esa óptica cada pieza del rompecabezas toma el lugar que le corresponde. Eso sí, la única manera de lograrlo es asumiendo nuestro devenir en toda su policromía, sin atavismos de ninguna clase. La narración idílica, desprovista de contradicciones, lo sabemos bien, no permite avanzar, entre otras razones porque deshumaniza los acontecimientos y las figuras que en ellos intervienen. Solo pintando de carné y hueso lo que sucedió –recreando dramas, dilemas y ensoñaciones de aquellos que intervinieron en cada gesta- es viable entablar el diálogo entre generaciones diversas. La invitación a mirar por el retrovisor que la historia proporciona, en otras palabras, garantiza transitar hacia explicaciones superiores.

Strike dos

Como la pelota no es un entretenimiento pueril, se permite el lujo de respaldar o negar los planteamientos apoyados en copiosas estadísticas y guarismos vistos con el prisma de la más fértil imaginación.

No hablo solo de cuestiones numéricas. Lo mismo usted puede disertar sobre lo ocurrido el 27 de diciembre de 1874, en el Palmar de Junco, donde Esteban Bellán se convirtió en el primer latinoamericano en conectar tres jonrones en un juego, guiando a su Club Habana en la victoria ante el Matanzas, 51 corridas por 9; regodearse en el desempeño de Valentín “Sirique” González, Champion Bate en la temporada 1898-99, con 414 de average; enorgullecerse con los 25 escones consecutivos lanzados por José de la Caridad Méndez, “El Diamante Negro”, frente a los Rojos de Cincinnati, entre el 15 de noviembre y el 3 de diciembre de 1908, permitiendo 8 hits, con 24 ponches y sólo 3 boletos; inclinarse ante el inmortal Martín Dihigo como el jugador más valioso del Torneo de 1927-28; o rememorar a Julio “Jiquí” Moreno propinándole, el 19 de marzo de 1944, 9 carreras a 0, un no hit no run al Atlético de Santiago de Cuba, lanzando desde la colina de los Artesanos, en la Liga Amateur. No en balde a nivel universal se reconoce que este es el deporte que recoge mayor volumen de cifras las cuales, cada vez más, se combinan prácticamente hasta el delirio.

La apasionante relación cultura deporte es palpable en las más diversas manifestaciones, incluyendo el plano familiar ¿Cuál es tu mayor sueño?, le pregunté hace unos años, casi en la despedida, al mítico Pedro Chávez quien, con velocidad superior a los swines con los que conectó profundos batazos, respondió: “Ver a mi nieto dar jonrones en el Latino.”.

Meses después, conversando en Santiago de Cuba con el carismático Braudilio Vinent, repetí la interrogante. El “Meteoro de la Maya”, como en sus años dorados, me retó con su afirmación, a la manera de sus rectas de humo desafiantes. “A este si le veo condiciones”, se refería a su sexto hijo de apenas trece días de nacido, “¿Verdad que está fuerte?”.

Fabulación de millones aparte, en una tierra que transpira béisbol, ¿cuántos factores deben conjugarse para que, el niño pequeño que deleita a todos con su minúsculo bate, sea anunciado en el Capitán san Luis, el Sandino o el Guillermón como un consagrado? ¿En verdad sus conexiones, ahora que está en la primaria, estremecerán el Coloso del Cerro, o perderá el embullo al llegar al preuniversitario?

Strike tres

Pasiones y leyendas de la pelota cubana, de Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga es mucho más que un libro de crónicas y remembranzas. Se trata de un texto de enorme significación —como nos tiene acostumbrado su autor con las entregas que nos regaló en los últimos años— en el que se tejen narraciones que nos permiten aproximarnos a la sustancia proteica inherente a una de las manifestaciones socioculturales de mayor calado en nuestros predios: la pelota.

El texto que ve la luz hoy en la Feria del Libro, resultado además del esmero del colectivo de Ediciones Loynaz, es una excelente demostración de cómo hilvanar la relación entre hechos y personalidades desde el entretelón orgánico que brota de uno de los elementos identitarios sin par en nuestros predios.

La historia de Cuba a lo largo de 150 años puede ser contada tomando como vórtice los nexos singulares que emergen de una actividad que desborda con creces lo meramente atlético. Osaba conoce a la perfección esos vasos comunicantes por ello sus materiales, en buena medida, representan un acercamiento a diferentes períodos de la vida antillana.

Con una prosa en la que convergen sólidos conocimientos culturales y una manera fresca de presentar las temáticas (la mayor parte de las veces en un tono coloquial) el destacado investigador pinareño, se adentra tanto en zonas poco divulgadas como en otras bien conocidas cosechando en ambas igual éxito. La calve, en mi opinión, estriba en que dibuja cada situación de manera honesta, sin intentar acomodar lo que aconteció a un criterio preconfigurado.

El prestigioso profesor universitario surca las aguas del tiempo sin extravíos porque domina la manera en que se interrelacionan personajes y contextos históricos. No aplica por tanto, un instrumental analítico rígido que le impida apreciar en toda su dimensión el objeto de estudio, sino que es capaz de sumergirse en las etapas que examina —en las que el béisbol nunca pierde el protagonismo— con el propósito de pintar un cuadro desde la más completa gama de colores posibles.

A diferencia de varias de sus obras precedentes, con un eje central en torno a una figura o asunto específico (pienso, por ejemplo, en las biografías sobre Luis Giraldo Casanova, Omar Linares, Alfonso Urquiola o Pedro Luis Lazo) la que tenemos ahora en nuestras manos tiene un carácter polivalente, aspecto que la dota de especial atractivo. En sus páginas es palpable el entrecruzamiento de fechas, situaciones y personajes, de aquí y acullá, todos ellos uncidos por la magia de bolas y strikes.

En la estructura hay 6 secciones principales las cuales contienen 60 trabajos de la más variada naturaleza. Desde el pórtico (reflexionar tomando como epicentro un artículo de la Dra. Graziella Pogolotti) hasta el epílogo, el avezado ensayista se mueve entre mitos y realidades, con la certeza de que desanda una parte imborrable de nuestro imaginario como nación.

No es el texto una pesquisa arqueológica. Tampoco amontonamiento de datos, ordenados de forma fría. La pelota, siempre viva, es dinamismo, crecimiento, despegue. Desde su punto de partida, sesquicentenario para nosotros, hasta el presente (en que deseábamos que Granma alzara el trofeo en Guadalajara, con el aliciente de rendir homenaje a un certamen cuya primera edición organizamos en la capital de todos los cubanos en 1949, con unos alacranes azules en lo más alto del podio) ha sido una travesía plagada de situaciones de toda índole, en la que jamás el resultado es el naufragio.

Osaba, galardonado por demás dentro y fuera de nuestras fronteras, escribe valiéndose de todos los recursos literarios a mano. Como los lanzadores que venera en estas páginas (Camilo Pascual, Pedro Ramos, Miguel Ángel Cuéllar, Luis Tiant, Braudilio Vinent o Pedro Luis Lazo) mezcla la ficción y la realidad con el ímpetu en que un serpentinero combina desde el montículo rectas, sliders, sinkers o screwball.

Su arsenal es lícito tanto mediante la aseveración mejor documentada, como en la duda a esta altura de la vida, sobre si vio a Ramos, galán de desempeño intenso fuera de los diamantes, cuando se acercó a un grupo de niños vueltabajeros bajándose de un Pontiac verde descapotable, o en otro auto con techo.

En estas páginas se habla lo mismo de Joe Mac Graw bautizando a Méndez como un Diamante Negro, o de Connie Mack y Buck Leonard alagando a Dihigo, que de la afirmación del presidente John F. Kennedy durante la crisis de octubre, de que la situación se le presentó más difícil que las curvas de Camilo Pascual. De igual manera sobre la vista de águila de Asdrúbal Baró para apreciar que el pequeño Urquiola sería un gran pelotero y no un basquetbolista, aunque su matrícula en la EIDE pinareña fuera —invocando a René Navarro— en el más espectacular y creativo de los deportes de equipo.

Aquí están, con brillo propio, entre muchos, Cristóbal Torriente, Alejandro Oms, Adolfo Luque, Alex Pompez, Conrado Marrero, Felo Ramírez, Willie Miranda, Orestes Miñoso, Tony Oliva, Natilla Jiménez, Antonio Muñoz, Orestes Kindelán y Ty Cobb, Babe Ruth y Jackie Robinson en su peregrinar habanero. Asimismo el cobrero Alarcón, Fidel Linares, horcón de una familia prominente, Maximiliano Gutiérrez, Faustino Corrales y Alexander Ramos —con récords que no se vislumbran sean desafiados en la hora actual de los jugadores antillanos—, Eddy Martin con la sapiencia que acumuló durante décadas y de Amado Maestri, umpire incorruptible. También las reverencias al danzón, con Faílde y Arcaño en su cenit y al son y la rumba, con Juan Formell y los Muñequitos de Matanzas en un pedestal especial.

En estas hojas se condensan valoraciones y anécdotas de la pelota profesional y amateur cubana prerrevolucionaria, los torneos en México, Venezuela, República Dominicana y Puerto Rico, las ligas negras, circuitos menores y la Gran Carpa en los Estados Unidos, así como de nuestras Series Nacionales, desde que Fidel las inaugurara el 14 de enero de 1962.

Como el filósofo medieval, Osaba no quiere llorar o reír, quiere comprender y esa mirada ecuménica, que en nada niega se tenga criterios sólidos, le permite ponderar en la distancia las decisiones tomadas por varios de sus ídolos en momentos cruciales. La historia no se escribe en modo subjuntivo (que habría pasado si esto otro no hubiera acontecido) pero también es válido que, desde lo íntimo de los recuerdos, nos preguntemos cual pudo ser el derrotero si otra variable se modificara.

Sin en un tema se aborrecen los lugares comunes es en la pelota. Osaba entiende que una frase manida, traída por los pelos, es un pecado capital dentro del templo beisbolero. Ello lo lleva a tomar partido, con argumentos, cuando realiza alguna propuesta.

Polemista de la gorra a los spikes asume el riesgo de proponer un todos estrellas desde el escalpelo que le brindan más de seis décadas observando cuanto acontece en terrenos de varias latitudes.

En un país con millones de all star posibles (cada aficionado es al mismo tiempo timonel de su novena de ensueño) el especialista conforma su line up en el que tienen cabida los más excelsos de los jugadores que su retina captó. Aquí Osaba sufre un desgarramiento (muestra al mismo tiempo de que sus sentimientos no lo hacen atrincherarse a ultranza en una posición) pues, aunque siempre ha dicho que el pelotero que más admira se llama Alfonso Urquiola (aun cuando sabe los números galácticos que respaldan las hojas de servicio de Linares y Casanova) coloca a Tony Taylor en la defensa del segundo cojín.

Cada libro es un parto, un alumbramiento que se corona cuando el lector discrepa y asiente con la letra impresa. A partir de ese momento (más bien desde que hace cómplice de la idea inicial a los más cercanos colaboradores) el texto deja de ser suyo.

Pasiones y leyendas… tendrá resonancias más allá de los espacios atléticos. Para fortuna de los que amamos esta disciplina la pelota no languidecerá en nuestro archipiélago. Cada vez que un pequeño diga ¿Papá, cuál es el número de Donald Duarte, Frederich Cepeda, Alexander Malleta, Yurisbel Gracial, Raúl González o Lázaro Blanco? ¿Con quién jugaba Alaín Sánchez antes de estar con los Alazanes? ¿Lázaro Valle, Javier Méndez, Víctor Mesa, Pedro Medina, Jorge Luis Valdés y Orestes Kindelán ya se retiraron? el espíritu de esta leyenda se agigantará.

Enhorabuena para Osaba, quien no deja de lanzar por el centro de la goma y poner la esférica a volar por encima de las cercas. Play ball y congratulaciones para un texto mucho más importante hacia el futuro.

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