Ermidelio, un leñador pequeño y temible

Por: Joel García

El poblado Macagua 8, en Las Tunas, lo vio nacer en un mes de mucho calor y poca actividad deportiva. Por suerte, las primeras experiencias del niño Ermidelio Urrutia en el boxeo no lo cautivaron tanto como cuando entró a un terreno de pelota o vio las transmisiones de béisbol en la televisión que su humilde familia había comprado años antes de que naciera.

Soñaba entonces ser como Capiró, Marquetti y Anglada. Y no solo lo logró, sino que hizo su propia historia sin pasar por la pirámide ideal: Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) y Escuelas de Perfeccionamiento Atlético (ESPA). “Salí de la mata a la lata”, gusta decir cuando se refiere al niño que empezó jugando segunda y campo corto hasta que a los 18 años debutó como jardinero en la Serie Nacional con el equipo de su provincia.

Su complexión física parecía contradictoria a su incuestionable ofensiva, al tiempo que no le agradaba ni un poquito a los técnicos. De extremidades largas, pero tórax pequeño, Ermidelio fue poco a poco derrumbando algunos prejuicios sobre su verdadera calidad como pelotero. En su segunda temporada estuvo a punto de liderar los bateadores —terminó tercero— y ya ocupaba el cuarto turno en la alineación tunera.

Integrante de los equipos Orientales y Mineros en las Series Selectivas, el jardinero más callado y sencillo que quizás haya pasado por la pelota cubana en los últimos 50 años sería llamado por primera vez a la selección nacional en 1987, gracias a la visión y la confianza de un mentor como José Miguel Pineda, aunque el impulso periodístico dado por el colega Bobby Salamanca lo califica siempre el tunero como decisivo.

Con las cuatro letras de Cuba en su pecho, Ermidelio contribuyó y disfrutó tres coronas mundiales (Parma 1988, Edmonton 1990 y Managua 1994), el título olímpico en Barcelona 1992, dos oros en Juegos Centroamericanos y del Caribe (México 1990 y Ponce 1993), igual cantidad de primeros lugares en Juegos Panamericanos (La Habana 1991 y Mar del Plata 1995), así como par de cetros en Copas Intercontinentales (La Habana 1987 y San Juan 1999).

En casa nunca festejó un podio con los Leñadores Tuneros, sin embargo, varias marcas o hechos individuales lo fijaron al cariño de su pueblo y de todo el país. Bateó para 310 en 16 campañas, con 221 jonrones, 1 558 hits y 865 carreras remolcadas. Se llevó el premio de los cuadrangulares en las temporadas de 1990 y 1991 con 20 y 16, respectivamente; mientras recibía más boletos que nadie en 1992 (36), de ellos 8 intencionales.

Ostenta todavía el récord de bases robadas para un partido (6 contra Agropecuarios el 26 de marzo de 1991), en tanto fue el pelotero número 30 en desaparecer tres pelotas en un juego al hacerlo el 13 de diciembre de 1986 contra Camagüey. Como si fuera poco, es el séptimo de todos los tiempos en mejor promedio de bases robadas (72, 29), al estafar 180 veces en 249 intentos.

En la arena internacional impuso récord de bateo (613) para un campeonato mundial en 1994, en el cual integró el Todos Estrellas como jardinero derecho, premio obtenido también en la cita olímpica española y que repetiría en la justa continental celebrada en tierra argentina.

No obstante, la anécdota más encumbrada en su carrera, o al menos la que ha ratificado una y otra vez como la más entrañable, se remonta al 17 de agosto de 1991, en el estadio Latinoamericano, cuando bateó de 6-6, incluidos tres vuelacercas en la discusión de la medalla de oro de los Juegos Panamericanos contra Puerto Rico, encuentro presenciado por el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro Ruz.

Durante la premiación no cesaron las preguntas sobre cómo un hombre de apenas 1,78 metros de estatura podía dar batazos de gigantes, al estilo de Kindelán, Pacheco, Gourriel o Casanova. “La fuerza está por dentro”, atinó a responder y quedó sellada su frase con un abrazo del Comandante en Jefe y el aplauso atronador del público que lo escuchaba.

Tal y como ocurrió con muchos peloteros brillantes de su generación, un retiro forzoso sin todavía cumplir los 33 años lo alejó de nuestros campeonatos, a los que regresaría en el 2007 como mentor de una nueva hornada de “Leñadores Tuneros”, un papel bien complejo y con aprendizaje sobre la marcha, pues jamás pensó sentarse a dirigir su pasión más querida.

Sencillo, callado y serio, Ermidelio Urrutia impuso su calidad en la pelota cubana a pesar de su figura menuda, su heterodoxa forma de batear, la mala cara de muchos técnicos y la enorme cantidad de buenos jardineros que existía en esos años. Se desempeñaba con soltura en los tres bosques, pero en su preferido, el derecho, lo vimos además hacer alarde de su potente brazo para poner outs en tercera y en home a quienes no lo respetaban.

Es cierto que le faltaba la explosividad de Víctor Mesa –su gran amigo y compañero de cuarto en los equipos Cuba—, no tenía el swing largo de Casanova —del que aprendió no pocos secretos para fildear en el right field— ni la belleza de Javier Méndez para atrapar un fly en territorio del jardín central.

Sin embargo, todo eso lo superó con autenticidad, entrega, rendimiento diario, disciplina, modestia y sobre todo, mucho agradecimiento a quienes lo ayudaron sin recelos y confiaron en sus potencialidades. Es de los pocos casos que siempre se pondrá de ejemplo como vencedor por su talento natural.

A su primer entrenador, Tito Luis, todavía lo menciona en cada evocación del pasado; de su primo-hermano, Osmani Urrutia, no se cansa de elogiar los récords de bateo que sembró el apellido para la inmortalidad, en tanto para su hijo Henry solo le desea un futuro mejor en la pelota profesional, aunque sintió su ausencia como un puñal en el equipo provincial cuando lo comanda.

Si Macagua 8 pudiera contar su historia a través del béisbol nacido de sus hijos, Ermidelio sería imprescindible. A tantas ganas de conquistar lo imposible nunca le temió. Por eso triunfó y será recordado siempre.

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